Crear empleo, para la “sociedad del cuidado”

Creado el 2015-03-04 12:04:39 por Adriana Martínez Sans

Por Juanjo Goñi, publicado el 16 de mayo de 2014 en Noticias de Gipuzkoa

 

No es nueva la reflexión sobre el fin del trabajo y tampoco la evolución que sigue la naturaleza de los trabajos, desde hace muchas décadas. La introducción sistemática de la tecnología va desplazando las tareas mecánicas a los ordenadores o máquinas de alta eficiencia, y así los empleos merman y se van desplazando de la agricultura a la industria y de ésta a los servicios, con la continua presencia del comercio o el intercambio de bienes y servicios desde la remota antigüedad. Un nuevo ingrediente tecnológico ha surgido en los últimos 30 años, que a su vez acelera más si cabe este proceso. Es la presencia de las tecnologías de la información que hacen que la comunicación interpersonal, de personas con máquinas y de éstas entre sí, adopten formas impensables y transformen todo. Este es un acelerador del cambio que estamos viviendo que afecta a la vida personal, profesional y social.

Todo esto afecta mucho al trabajo y al empleo, pero son cosas muy distintas que a veces mezclamos. Trabajo es la ejecución de tareas que requieren un esfuerzo, capacidad y concentración, orientadas a un fin específico. Hay y habrá siempre trabajo en tanto como seres sociales, con habilidades ejecutoras y aspiraciones, nos proponemos fines concretos. Así, si nos proponemos aumentar la cualificación profesional de una región, existirá el trabajo de profesor, si nos proponemos pintar la casa, habrá trabajo de pintura, si nos proponemos innovar más, habrá trabajos de investigadores tecnológicos y sociales, y si nos proponemos mejorar la calidad de vida de un municipio, habrá trabajo de cuidadores especializados.

Otra cosa es el empleo. Empleo es el trabajo realizado en virtud de un contrato formal o de hecho, individual o colectivo, por el que se recibe una remuneración o salario. La evolución de uno y otro tienen motivaciones muy distintas. El que un trabajo sea empleo o no, es una decisión política,  de reconocimiento y organización social, y no económica o empresarial. Lo segundo vendrá después de lo primero, adoptando las formas más adecuadas en forma de empleo público, privado, híbrido, autónomo con una regulación previa, y con un reconocimiento social del valor de dicha actividad profesional.

Lo que nos viene pasando en estas cuatro últimas décadas es que estamos alterando mucho las necesidades sociales, encajando la incorporación de las tecnologías de la información, y viviendo las consecuencias económicas de la incorporación de cientos de millones de individuos al empleo global productivo. Y estas tres circunstancias requieren repensar dónde van a estar para nosotros los trabajos en el futuro, y cómo hacemos de ellos modos de vida y nuevos empleos socialmente valorados para los más jóvenes.

Pero conseguir esto va a requerir replantear también las prioridades sociales en la forma en la que entendemos el motor de la economía y el empleo basados en el desarrollo productivo y en el consumo. Cada vez son más los economistas que apuntan a salir del PIB como indicador de progreso y apuntar a índices de progreso social u otras fórmulas donde se incluyan variables culturales, de calidad de vida, de acceso a la formación, de cooperación entre colectivos, de espacios naturales y su desarrollo,……

Las sociedades van evolucionando desde lo rural, que basa los recursos en la agricultura y la ganadería, a la industria donde la energía y la automatización la hacen eficaz, para ahondar en los servicios que se dividen en servicios a las cosas y servicios a las personas, que incluyen los servicios de información. Son estos últimos -los servicios a personas- los que crecen en la economía de los más avanzados socialmente. Sabemos que van a aumentar de forma notoria en el futuro cercano, pero lo que nos pasa es que todavía este trabajo está infravalorado cuando es empleo, y en su mayor parte no lo es, ya que esta soportado por la estructura social y familiar de las poblaciones, y especialmente por las mujeres.

La “sociedad del cuidado” es la sociedad próspera del futuro, cuando seamos capaces de ordenar las prioridades de la calidad de vida por delante del consumo como tractor de la economía y ésta de la política.  El cuidado es el mayor generador de trabajo, por tres motivos: la población envejece  requiriendo atención personalizada,  la educación en el respeto se hace indispensable en una sociedad cada vez más diversa y conectada, y las estructuras familiares se van disolviendo en número y relación. Estos tres ejes de transformación social debieran ordenarse en relación con la formación de jóvenes y con el empleo de los cuidados, que puede adoptar formas muy diversas de nuevos oficios.

Mientras no entendamos que cuidar niños y adolescentes, educándoles, es el trabajo más importante para el futuro de la sociedad, y que no releguemos este trabajo a una cobertura de lo básico; mientras los educadores no sean las élites culturales y éticas de la sociedad; mientras diseñar los modos de vida intergeneracional, no sea de máxima prioridad política, estaremos orientando las decisiones económicas sobre obras e infraestructuras, cuestiones todas ellas que no son de futuro. Seguiremos con las herramientas del pasado queriendo abrir paso a una nueva coyuntura social de futuro.

El trabajo de la sociedad del cuidado es la de la relación interpersonal que tendrá dimensiones o escalas en lo familiar, en lo comunitario y en lo externo, según el grado de proximidad entre los que actúan. Educar a un niño, entrenar a un equipo de jóvenes y acompañar a un turista, son trabajos de cuidados en tres escalas distintas de cercanía personal, donde las capacidades para un desempeño excelente son muy distintas. Las competencias técnicas estarán siempre detrás de la relación personal de empatía y comprensión.

Para avanzar en esta dirección debemos hacer un gran esfuerzo anticipando la cualificación y profesionalización de los “oficios del cuidado”. No es una actividad en la que no se requiere competencia alguna y donde lo mismo sirve una persona que otra. Los oficios de la salud física y mental, de la formación y educación de jóvenes y adultos, de la seguridad y confianza de la población, de la acogida y culturización de los que llegan por el espacio o por el tiempo, son los que garantizan un mayor progreso social. Ocuparnos de crear capacidades y oportunidades en la sociedad del cuidado, es la prioridad máxima colectiva para orientarnos en un progreso inteligente. No cabe duda que los sectores productivos deben seguir ganando capacidad y competitividad, pero seguirán mermando puestos de trabajo-empleo, que no recursos de conocimiento y económicos que han de ser útiles para el logro de inversiones en la transformación social hacia la sociedad del cuidado, en la que deberíamos ser referentes internacionales. 

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